Sepa como combatir a los piojos

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Voy a salir del armario: en casa hay piojos. Desde hace meses y no logramos quitárnoslos de encima.
piojoscabeza
La cosa empezó en verano. De sopetón y a lo bestia. Vimos que la de tres años se rascaba y al mirar detrás de su oreja cundió el pánico. Se podía hacer una tortilla de tantos huevos. Consigue tratamiento en un pueblo de montaña del quinto pino sin farmacia, aplícalo, pasa el peine entre llantos y sin parar de decir “ya estamos, ya estamos”. Nosotros estábamos limpios.

Dos semanas después. Pueblo de playa. Se rasca de nuevo. Socorro. Era igual o peor. Y nosotros, algo parecido. La sensación fue que el tratamiento anterior había sido contraproducente. Qué asco. Nos plantamos en la farmacia, y en plan reunión de alcohólicos anónimos y cara de pena, soltamos: “Tenemos piojos, déme lo que sea. Y doble”. 90 euros de tratamiento: “Francés, es nuevo, va muy bien”, y lendreras. La verdad es que éste funcionó. Limpios durante un mes.

Comienza el cole. Tercer round. Nueva infestación. A mi es que me da algo. Ya paso de dejar a la niña en casa, el año pasado hice el primo la vez que tuvo. Nuevo tratamiento. A todo esto, en cada oleada, cambia sábanas, desenfunda el sofá, cojines a la tintorería, cepillos y peines nuevos, histeria con las toallas personalizadas, lendreras a hervir…

Noviembre. La cosa está controlada. A base de champú de árbol de té (que como es ecológico cuesta una pasta), lendrera cada tres días, enjuagues con vinagre, mucho llanto y, los domingos, alcohol. Al final hemos vuelto al remedio tradicional. Pero la situación está sólo controlada. Nosotros estamos limpios, pero la de tres años… cada vez que pasamos el peine encontramos piojos. ¡¡Sin liendres!! El domingo por la mañana había ocho. Como gambas. ¡¿Y los huevos?! ¡¿De dónde salen?! Me vienen imágenes de Alien…

Si hasta la canguro se rasca. Le miramos a diario y afortunadamente está limpia. Me veo pasándole la lendrera y pagándole un plus de peligrosidad. Qué vergüenza.

La batalla piojil se ha convertido en una actividad familiar más. Y el fin de semana, como si nos sobrara tiempo y no tuviéramos otra cosa que hacer, se intensifica. ¡Si hasta juega a pasar el peine a los muñecos! Menos mal que la de siete meses es pelona. El día que le vea un piojo me da un infarto. A todo esto, seguimos lavando sábanas con agua caliente y hemos puesto una funda de quita y pon que cubre el sofá y los cojines. Cada dos días, quita, lava, tiende, pon.

En la farmacia nos juran que lo de este año es lo nunca visto. Nos preguntan si no nos habremos pasado con tanto tratamiento. Les respondemos que no, porque los hemos dado por inútiles: desde septiembre, hemos constatado que lo único que sirve es el árbol de te (con propiedades insecticidas), mucha lendrera (previa mascarilla para facilitar que se suelten) y vinagre o alcohol. Les pregunté en broma si nos iban a hacer clientes del año. Y, sorpresa: “no”. “Hay gente que está mucho peor”.

La respuesta no consuela. Me da igual lo que digan los expertos. Que si demasiada higiene: de casa no se sale nadie sin ducharse. Que si los piojos se han hecho resistentes: no, si me lo vas a contar. Comienzo a creer en la leyenda urbana que asegura que hay tíos con un botecito tirando piojos por la calle. Ahora que vienen las elecciones autonómicas en Cataluña ¿por qué no dicen los partidos qué harían para erradicar los piojos?

En casa continuaremos reponiendo la lendrera cada dos semanas, para que las cerdas estén bien pegaditas. Continuaremos con las inspecciones, que desde la semana pasada son diarias. Continuaremos con el árbol de te y el vinagre en días alternos, y con el alcohol semanal. Sólo nos falta empadronar a los piojos, a ver si nos declaran familia numerosa. EL PAIS

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